¿En qué momento pasó el bigote de ser imprescindible a convertirse en una víctima?

¿En qué momento pasó el bigote de ser imprescindible a convertirse en una víctima?

ISABEL IBÁÑEZ

Nada tan ligero como un bigote supuso nunca un peso tan grande. Unos pocos pelillos sobre la boca se convierten en la marca de la casa. Si un hombre –qué decir de una mujer– luce mostacho, será con toda seguridad la primera característica que usemos para definirlo. Un sujeto con bigote. De todas maneras, no se ven muchos hoy día, al menos sin acompañarlo de algo de barba. Porque no está de moda, como esta última. Lo sabe bien Dani Juan, de La Barbería del Norte, un sevillano afincado en Bilbao experto en arreglar el pelo de la cara para darle un sentido. Él mismo lleva bigote... acompañado de una luenga barba.

«Yo diría que el bigote es una víctima –apunta el experto–. Es muy complejo de lucir principalmente por los clichés que lleva aparejados y porque, automáticamente, los ligamos a ciertos nombres propios: el bigote Chaplin, que es el mismo de Hitler, el Cantinflas, el de Freddie Mercury, el Dalí...». Es evidente que no todo el mundo se atreve a dejárselo, señala Dani Juan, ni siquera en noviembre, cuando se organiza el 'Movember' –contracción de 'moustache', bigote en inglés, y 'november', el nombre de dicho mes–, un evento anual en el que muchos hombres se dejan crecer este pelo de la cara con el objetivo de concienciar y recaudar fondos para enfermedades como el cáncer de próstata. «Pero salen a la calle y se sienten un poco ridículos, con la impresión de que la gente les mira y se ríe. Aunque yo, como profesional, pueda creer que esa persona se ve muy bien solo con el bigote, se mirará al espejo y sonreirá». No hace falta decir que no está de moda. «Hasta que no se lo pongan unos cuantos famosos, jugadores de fútbol, por ejemplo, no será posible. Se necesitan los primeros valientes».

Y mira que el mostacho ofrece posibilidades... A mediados del siglo XIX a alguien se le ocurrió que juntar las patillas con el bigote sería buena idea, parecida a la de llevar barba sin él, a lo Abraham Lincoln, dos ejemplos verdaderamente difíciles de encontrar en nuestros días. Fue la época también del bigote 'morsa' –o 'Walrus', que en inglés suena mejor–, denso y con el pelo largo, como el de Friedrich Nietzsche. A principios del siglo XX, los mostachos eran tupidos y con las puntas hacia arriba, como los forzudos en el circo, y los años 20 y 30 fueron para los bigotillos finos tipo lápiz, como los de Clark Gable, Gilbert Roland o Errol Flynn, modelos de hombre conquistador e irresistible, pues es un hecho que este apéndice siempre ha estado ligado a la masculinidad y la virilidad. En otra realidad completamente distinta, ahí estaba Pancho Villa y su bigote revolucionario, luego adoptado aunque con barba por el Che Guevara y Fidel Castro.

«Una cosa es cierta, no puedes escogerlo, tanto el bigote como la barba te escogen a ti»

La Segunda Guerra Mundial nos regaló uno de los bigotes más detestados de la Historia junto al de Stalin (mezcla de 'morsa' y 'manillar', es decir, con las puntas un poco hacia arriba): el 'cepillo de dientes' de Hitler. Porque ¿quién se atrevería a lucir algo así? Imposible de llevar si no es con una gran carga de ironía o sarcasmo, como lo hizo en los años 80 Iñaki Fernández, cantante del grupo de la Movida Glutamato Ye-yé, que lucía ese accesorio sobre su labio y no contento con ello lo subrayaba con un flequillo digamos que muy Adolf. O como Chaplin, especialmente en 'El gran dictador'. También exhibían bigote Franco, Pinochet, De Gaulle, Sadam Hussein...

En herradura

¿En qué momento pasó el bigote de ser imprescindible a convertirse en una víctima?

En los 70 llegaría el estilo 'motero', como el del luchador Hulk Hogan, dejándolo crecer hacia abajo dándole forma de herradura, imagen también muy ligada al mundo del rock. Freddie Mercury en los 80 pondría de moda el suyo. Mención especial merecen los de Dalí y Groucho Marx, que era pintado. Y el siglo XXI no es precisamente de los bigotes. La barba de los 'hipsters' se ha llevado todo el protagonismo, y los bigotes se lucen acompañados de pelo en mejillas y barbilla dispuesto en diferentes formas. Las posibilidades son muchas, de hecho estamos hablando del «maquillaje de los hombres», señala el barbero.

«Si te fijas – añade– en muchos casos estamos hablando de gente muy poderosa, auténticas autoridades tanto de la política como de otras disciplinas. Y además muy ligadas a épocas muy pasadas. Hablo de gente importante que necesitaba plasmar su autoridad, dar una imagen de dureza, personas con poder que necesitaban diferenciarse». De hecho, el repaso histórico está repleto de ejemplos de mandatarios, con una excepción: en Estados Unidos, cualquiera que quiera llegar a presidente sabe que debe afeitarse bien, precisamente por contraposición con todos los que han sido sus enemigos más acérrimos: Hitler, Stalin, Castro, Hussein... Ya lo dijo el diario 'The New York Times' en un artículo de 2004, cuando en aquel país afrontaban unas elecciones en las que salió victorioso George W. Bush, que repetía en el puesto. No ha habido ningún bigotudo sentado en la Casa Blanca de un siglo a esta parte; el último fue el republicano William Howard Taft, que gobernó entre 1909 y 1913.

Galería.GALERÍA: Bigotes que han hecho historia

Así las cosas, el estar muy ligado a la autoridad es algo que puede frenar a la hora de apostar por un bigote. Como cuando se habla de la imagen del policía o guardia civil, ahí está el golpista Antonio Tejero. Hay que recordar que en muchos ejércitos obligaban a llevarlo, más fino para la tropa y más tupido y grande conforme se escalaba en el rango. Por otro lado, también hay quien liga el bigote al hombre homosexual, especialmente por la influencia de Freddie Mercury. «Estamos hablando de clichés, de prejuicios, de ideas preconcebidas –advierte Dani Juan–. El bigote parece que realza los rasgos masculinos y en su caso era homosexual, pero es que esto no tiene nada que ver, muchos homosexuales son muy masculinos. Y luego está el hecho de que estos, quizá por la represión que han vivido tradicionalmente, ahora que pueden se muestran más abiertos a todas las modas, a usar bigote también».

Tapar defectos

A veces se usa para tapar ciertos defectos, dicen que Hitler pretendió así ocultar una deformidad en su labio superior, aunque también afirman que fue por emular a un creador del ideario nazi, Gottfried Feder, o incluso por estar a la moda de aquel entonces. Quién sabe por qué motivo se lo dejó José María Aznar, pero es un hecho que más de uno se llevó un susto cuando el político del PP apareció sin él, como suele suceder cuando un hombre se afeita la barba, aunque en su caso la distancia entre la nariz y la boca que descubrimos con el destape no juega precisamente a su favor.

«Hombre, si eres muy guapo, pues lo llevas y ya está, te puedes poner lo que quieras porque da igual, todo te queda bien. Eso sí, todos los bigotes otorgan un estatus por su vinculación con determinadas piezas de la sociedad. Por eso podríamos decir lo de que es una víctima, demasiado asociado a la risa y a ciertos personajes. Te pones un bigote y siempre tienes que escuchar 'te pareces a tal o a cual', a Cantinflas, a Charlot, a Dalí, a Mercury... Ponerle nombre a las cosas siempre es problemático y perjudicial en este caso. Algo que no pasa, o en mucha menor medida, con los peinados o la barba». Añade, por otro lado, que en descartarlo tiene mucho peso el que requiera mucho tiempo, «muchos cuidados para llevarlo bien y que no parezca sucio o desaliñado, mantener la forma y la longitud adecuada».

Cuenta Dani Juan que su propio padre tuvo que dejarse bigote casi por obligación, ya que al tenerle con solo 15 años se vio en esa necesidad para dar una imagen más responsable, de tener más autoridad, ser más adulto. Asegura que cada uno tiene su tipo de bigote adecuado, «en función de la forma de la cara, de la cantidad de vello que tenga, de la personalidad y de la imagen que quiera transmitir... Aunque no hay que ver solo el bigote o una barba, sino un conjunto, con el cabello, enmarcado en todo el cuerpo. Pero una cosa es cierta: No puedes escogerlo, tanto el bigote como la barba te escogen a ti».

Bigote, del alemán Bei Gott!, ¡por Dios!

Recoge el periodista uruguayo Ricardo Soca en su web elcastellano.org que los germanos solían exclamar 'Bei Gott!', que significa algo así como ¡por Dios!, y que los españoles, «sin entender el significado, empezaron a llamar así a aquellos bigotudos».

Con el tiempo, «la palabra ya castellanizada como bigote sirvió para denominar el propio apéndice piloso». Algunos sostienen que llegó a nuestro idioma bajo el Imperio de Carlos I (Carlos V de Alemania) «con el fuerte contingente germánico que entró por entonces a la Península». «Sin embargo –señala Soca–, Carlos I gobernó el Imperio a comienzos del siglo XVI, y la palabra bigote aparecía ya en el Diccionario latino-castellano, de Nebrija, publicado en 1495». El periodista apunta que tampoco esta teoría está suficientemente comprobada: «No es seguro que hayan sido los germanos quienes llevaron la palabra a la Península, pues allá por el siglo XII, en Francia se llamaba 'bigot' a los normandos, y en esa época, al otro lado del canal de la Mancha, los ingleses pronunciaban 'be God', 'por Dios'. Sobre esta base, se plantea la duda acerca de si la palabra fue traída al español por los germanos o por los franceses».

Rescata también Soca un análisis del académico Rafael Lapesa, que en 1968 afirmaba que bigote debía su origen al 'bi Got' pronunciado por unos guardias suizos en la Reconquista de Granada en 1483, «fecha perfectamente compatible con el registro de Nebrija».

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