Vender comida callejera sigue siendo una opción para sobrevivir en Venezuela a pesar de la crisis y la pandemia

Vender comida callejera sigue siendo una opción para sobrevivir en Venezuela a pesar de la crisis y la pandemia

Yanet y su hija, Carlos y su esposa, dos ejemplos de que aún algunos comerciantes informales pueden sustentarse económicamente a través de la venta de comida callejera. Sin embargo, es poca la ganancia y mucho el trabajo.

Caracas. Bajo un modesto toldo ubicado en la calle Bolívar de Catia, Yanet y Eileen ofrecen chorizo, morcilla, cochino frito, chicharrón y chinchurria al estilo de El Junquito. No es un negocio reciente, pero tampoco de “toda la vida”. Hace tres años, cuando madre e hija vieron que la venta de carne dejó de producir ganancias suficientes, decidieron cambiar la oferta y vender algo que no tuviera tanta competencia en la zona.Vender comida callejera sigue siendo una opción para sobrevivir en Venezuela a pesar de la crisis y la pandemia Vender comida callejera sigue siendo una opción para sobrevivir en Venezuela a pesar de la crisis y la pandemia

Una mesa amplia, varias bandejas, un caldero gigante, una bombona, cuchillos afilados, un peso y un punto de venta son parte del pequeño espacio de venta de comida a cielo abierto de Yanet y Eileen. Antes de la pandemia por la COVID-19 –contó Eileen– su tarantín tenía más apariencia de local. La gente no solo podía pedir para llevar sino también podía sentarse a comer en las mesas dispuestas mientras ellas, y otros dos empleados que tenían, se encargaban de freír frente a ellos el variado menú.

Pero eso fue hasta 2019. Ahora en 2021, en medio de la cuarentena semiflexibilizada que vive Venezuela, la realidad del comercio es otra y el espacio para trabajar se redujo. Ahora instalan el toldo pero no las mesas para los comensales y en vez de trabajar solo sábados y domingos, como hacían anteriormente, ahora también lo hacen los viernes. Las ventas de comida empaquetada, chucherías, cigarros, licores, pescado, verduras y demás colmaron la calle Bolívar. “Esto antes no era así, esta calle era prácticamente sola”, contó Eileen.

A mediados de 2020, madre e hija volvieron a la calle con la venta de cochino frito y chicharrón, después de intentar en casa con una bodega de artículos de primera necesidad que no dejó buenos resultados. Pero desde que volvieron a la comida preparada, las ventas tampoco son las mismas. Con una de sus manos, Eileen señala el lugar desde donde las personas hacían cola para ser atendidos.

Sin embargo, las personas no dejan de acercarse, ya sea a preguntar o comprar: “¿En cuánto tienes el chicharrón?”, “¿a cuánto el kilo?”, “¿las vendes crudas también?”, “dame cinco kilos morcilla”, dice uno de los clientes que no solo se lleva kilos de varias cosas para un parrilla en casa, sino que también aprovecha de comerse junto con su familia varias arepitas de chicharrón que Yanet y Eileen venden a dos por un dólar.

Eileen es la hija menor de tres hermanas, y la única que no ha emigrado, sus dos hermanas mayores forman parte de los más de cinco millones de venezolanos que emigraron del país, según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados, en medio de la emergencia humanitaria que transformó la vida de los venezolanos, mucho antes que la pandemia.

Vender comida callejera sigue siendo una opción para sobrevivir en Venezuela a pesar de la crisis y la pandemia

En su celular Eileen guarda una imagen con los montos en dólares que debe pagar cada estudiante trimestralmente en la universidad privada en la que estudia y la cual ha pagado a lo largo de los años con la venta de comida callejera y en estos últimos tiempos con la ayuda de sus hermanas desde el exterior. ”Estos son los últimos precios: 180 dólares a crédito y 160 de contado, menos mal que a mí ya solo me falta la tesis”, expresó.

Un matadero de cochinos en Los Teques es el proveedor de Yanet y Eileen, quienes luego ofertan dichos alimentos en su menú a una diversidad de precios para casi todos los bolsillos: una bolsita de 100 gramos de chicharrón cuesta un dólar, el kilo de morcilla se vende en dos dólares, chorizo 3,5 dólares y cochino en cinco dólares. Y su famoso “surtido tipo Junquito” sale en 8 dólares y trae un poco de todo acompañado de tostones, que, en otros tiempos, empaquetaban con bolsas metalizadas para alimentos que traían de Colombia “cuando se podía viajar”, mencionó Eileen. La frontera entre Venezuela y Colombia está cerrada desde marzo de 2020.

A pesar de que no hay indicios de que la pandemia por la COVID-19 vaya a terminar pronto en Venezuela, Eileen y su mamá, Yanet, salen de su casa, en el kilómetro tres de El Junquito, a trabajar todos los viernes, sábados y domingos, sea semana flexible o semana de cuarentena y con ayuda de Mauricio, el papá de Eileen y esposo de Yanet, llevan todos los implementos de trabajo en una camioneta tipo cava, y cuando no se puede, les toca pagar “una carrerita” en un taxi.

A pesar de la paralización comercial, debido a la cuarentena decretada en 2020 y, posteriormente, a las bajas ventas, el negocio de comida callejera de Eileen y su familia pudo sobrevivir. “Muchos buhoneros que nosotras conocíamos, quebraron y tuvieron que vender todo lo que usaban para trabajar para tener algo de dinero”, contó Eileen. Sin embargo, el plan de la joven a corto plazo es terminar la carrera e ir tras los pasos de sus hermanas mayores, e intentar llevarse a su mamá. Mientras tanto, el cochino frito, las morcillas, chorizos y el chicharrón tipo Junquito podrán seguir degustándose en Catia.

En Venezuela no hay datos oficiales del porcentaje de la población, que tiene el nivel de participación en la actividad económica más bajo de la región (56 %) en comparación con países como Colombia, que tiene 64 % de participación, según datos de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) de 2019-2020.

Otro dato de la Encovi 2019-2020 es el crecimiento de la economía informal, que en 2014 se ubicó en 31 % y para principios de 2020 alcanzó 45 %.

Los almuerzos de Carlos

—Mira, aquí te mandó un almuerzo tu esposa —dice Carlos a uno de sus clientes.—Gracias, vale. Se ve bueno, pero no es mi esposa, es la mamá de mis hijos —responde el cliente.

Un mes después del decreto de cuarentena en Venezuela, Carlos y su esposa, Doris, volvieron a abrir el local de comida que tienen desde hace ocho años en el Centro de Economía Comunal Manuelita Sáenz, en el bulevar de Sabana Grande. Si seguían paralizados, su destino como comerciantes era la quiebra. “Estábamos a nada de quebrar”, contó Carlos, un hombre de 51 años cuyo acento oriental delata su origen sucrense, a pesar de ser criado en Caracas.

Sin mucho tiempo que perder, llegaron como siempre a las 7:00 a. m. al local. El día que reabrieron, Doris preparó diferentes menús ejecutivos. Con el local en pleno funcionamiento, ya solo faltaban los clientes, pero nadie compró. Ni un solo cliente subió a la feria del centro comercial, inaugurado por el expresidente Hugo Chávez en 2012 para los comerciantes informales que trabajan a lo largo del bulevar en aquellos años, entre ellos estaba Doris. Para ese entonces, Carlos ejercía el oficio de herrero.

Días después, un carrito característico de los supermercados, y que Carlos tenía sin uso en casa, se convirtió en su mejor ayudante de trabajo. Allí montó las 100 envases de anime que incluían cada uno dos piezas de pollo frito, dos arepitas y ensalada rallada. Todo lo había preparado su esposa para vender, esta vez no desde el local, sino en la calle. Pocas horas después, Carlos había vendido todo caminando con el carrito entre Sabana Grande y Chacaíto, cada plato por un dólar.

La venta fue buena por un tiempo. Carlos y su esposa llegaron a vender 120 platos al día. La ganancia alcanzaba para comprar los alimentos, las envases y cubiertos, pagarle a los tres empleados que tienen en el local y “alguito” que quedaba para los esposos. Ahora, en abril de 2021, Carlos continúa con la venta callejera, pero ahora solo vende 40 platos y hay días en que le toca invertir más dinero del que gana. Su mayor motivación, además de seguir generando ingresos para su esposa y él, es mantener a sus empleados en el local.

Carlos diversificó el menú “para no aburrir a los clientes”. Ahora el carrito de comida callejera también incluye costillitas tipo comida china, macarrones con pollo, salchipapas, carne guisada con arroz y pollo y papitas fritas, todo aderezado con diferentes salsas, si el cliente lo desea. La mayoría de los compradores son comerciantes informales que trabajan por el bulevar. Ya casi todos conocen a Carlos y saben quién es “el señor del pollo frito” cuando preguntan por él.

Otros clientes que se acercan a Carlos son transeúntes del bulevar atraídos por el olor a comida casera o por los gritos de: “¡Almuerzo, almuerzo. Almuerzos a un dólar!”, que Carlos constantemente repite para hacerse publicidad entre la gente que va y viene por Sabana Grande, donde la concurrencia nunca es mínima, sea el día que sea.

De lunes a viernes, a partir de las 11:30 a. m. Carlos sale a vender los almuerzos, casi siempre vestido con una franela y una gorra con el nombre de su local El Rincón del Paladar. A las 12:30 m. ya es poco lo quequeda por vender. De tanta caminata y de tanto empujar el carrito de mercado, ha perdido más de 10 kilos de peso. “Yo pesaba 92 kilos y ahora peso 82”, comentó Carlos, quien a su vez ha ganado amigos y conocidos en su andar por la calle vendiendo almuerzos.

Comparte:

Etiquetas: