Fleming, Ian Fleming: el creador de James Bond - Infobae

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Las películas de James Bond (25) pertenecen a la cultura, el entretenimiento y el sueño integrados en una creación tan digna de alguna de las novelas llevadas al cine desde la primera, “Casino Royale “ (1953). Se venderían 60 millones de ejemplares en adelante, con muchas ediciones legales y muchas piratas, durante y luego de su muerte en 1964.

Ian Fleming nació rico en el barrio de Mayfair, Londres, como integrante de una familia escocesa fundada por el banco familiar de gran expansión en la casa central, y numerosos negocios financieros variados, siempre con beneficios sostenidos. Fue en 1908. Parece natural que Fleming y Bond, su criatura, iban a parecerse en muchos aspectos. Es cierto, pero el irónico y templado señor británico que fue agregó detalles. La majestad de los detalles desarrollaron la personalidad del personaje, sobre todo expuestos en la etapa interpretada con Sean Connery, otro escocés. No siempre fue así en materia de la relación entre escritores y sus personajes. Tenemos a Emilo Salgari, pongamos, nacido en Verona sin dejar Italia y constructor de las perdurables aventuras de Sandokán: “La literatura permite viajar sin el incordio de las valijas”. Nunca salió de allí.

Pero Ian Lancaster Fleming, trajes espléndidos, boquilla para los cigarrillos con un blend de tabaco turco chatos y perfumados, creó a Bond a imagen y semejanza. Bond, como Fleming, fue un seductor y mujeriego, los dos bebieron mucho y no trepidaron en meterse entre pecho y espalda pastillas para mantenerse atentos. Mucho más como recurso en el comandante Bond al servicio de la Corona, que en el escritor del héroe que lanzó al mundo hasta ahora -y habrá de seguir, estoy seguro, y en realidad lo espero-, concluida ya la etapa con Daniel Craig. De mayor a menor, pienso, Bond fue desde la dureza cruel, con un invencible sentido del humor como contrapeso, hasta la angustia y la vulnerabilidad de este tramo. En eso, me anoto con una pequeña queja ¿debe olvidarse acaso que Fleming indicó la cifra 007: permiso para matar? El primer cero es el permiso, el segundo es que ya lo ha hecho. Se supone que Fleming no mató a nadie, pero los hechos señalan un carácter indisciplinado y rebelde que lo condujo, por decisión, a internarse en uno de esos colegios tradicionales y muy caros -el mismo al que fue, por ejemplo, el duque de Edimburgo-, cuyo canon es el rigor, las caminatas con bajas temperaturas, la comida de rancho carcelario, los azotes públicos en las nalgas enrojecidas a bastonazos delante de los demás como una idea feroz y ambigua de lo que significa hacerse hombre. El joven Ian Lancaster Fleming rompió esas cadenas y consiguió en Eton más prestigio social y educación en lo alto, donde apenas sobresalió algo en los deportes.

Hijo de un oficial, fue apuntado en la academia de Sandhurst donde concurren hijos de familias militares. No era sencillo hacer cabrestear a aquel alumno -del mismo modo en que Bond se resiste a cambiar su pistola Whalter PPK por la reglamentaria Beretta- aunque, alto, fue detectado allí para entrenarse en el servicio secreto de la Royal Navy y preparado en el MI6 como agente oculto en la defensa exterior del Reino Unido. Fleming, Ian Fleming. Era la guerra.

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El mismo, el otro

Hay un libro encantador, que he de tener por ahí y me regaló un amigo hace largo tiempo, donde se mencionan marcas y usos de ropa, alcoholes, zapatos, sombreros de Bond, James Bond. Los primeros zapatos son las botas Islay de estilo derby. El reloj, Rolex (luego Omega). Los sombreros de Lock, la tienda más antigua en cubrir con clase cabezas de todo Occidente. La ropa cortada, casi en totalidad, en Savile Row (en los años recientes se eligió al diseñador texano Tom Ford). El vodka de los martini -”Mezclado, no agitado”-, Stolichnaya, aunque con cierta sorpresa iba a incorporarse la cerveza Heineken en la era Craig. Muy británicos, ni Fleming ni Bond llevan perfumes. En alguna ocasión la colonia de Floris -en libro, nunca en films-, tal como a la vez describe en “Moonraker”, en el buen departamento de James junto con jabones de Guerlain para las visitantes ocasionales.

Entre los gustos de Fleming traspasados a Bond, el autor fue golfista desde la adolescencia, mientras Connery debió aprender para jugar como un Bond experto con “Goldfinder”. El resultado fue la obsesión y satisfacción de cada día para Connery: nos lo dijo en Marbella, en 1986, a Marie-France Saurat, vicedirectora de Paris Match, y al que cuenta, corresponsal en España. El gigantón Connery -dos metros, calvo- contestó mientras golpeaba la pelota contra la cancha allí mismo, donde vivía entonces. Esa linda mañana malagueña dijo también al semanario que estaba harto de la serie y no la haría más.

El póker y los casinos ha de anotarse entre los gustos de los dos, autor y personaje. A veces con maneras de gran tensión, a veces para ligar y aproximarse a sus preciosas enemigas que, con mínimas excepciones, no solo las derrotaba sino también las conquistaba. La fama de Ursula Andress se inició al salir del mar con un cuchillo en la cintura en “El doctor No”, divina. Pertenecieran a Smersh en medio de la guerra fría, como luego a “Spectre”, una organización terrorista internacional o a delirantes que intentan destruir el mundo -plato de la casa-, sin las chicas Bond no tendrían gusto a nada. El implacable afán de destruir a James con su escuadrón del aire, integrada todas ellas por lesbianas de gran belleza, tuvo como jefa a Pussy Galore, protagonizada por una actriz de excelencia: Honor Blackman. Llegan a luchar mano a mano en un granero donde Bond. no solo la vence, sino que inicia una historia sexual con bastante jalapeño: la “cura”.

Hay pequeñas diferencias

Fleming se casó y tardó poco en iniciar una relación de truenos y centellas con una aristócrata flapper llena de infidelidades, de ida y vuelta, regresos pactados y siempre rotos. Duró bastante, quizás como una forma de felicidad-infelicidad con sello propio. Bond fue soltero absoluto hasta que el duro, como paradójicamente sensible, tramo reciente cambia el modo amoroso. El señor Fleming tuvo un hijo, Caspar, suicida a los veintipico por tormentos mentales sumados a drogas y la afición peligrosa a las armas de fuego. Antes de la muerte del desdichado Caspar, el escritor y espía en la segunda guerra mundial escribió para el hijo “Chitty Chitty Bang Bang”, el cuento para chicos que editó De la Flor en la Argentina: un auto que vuela, una historia fantástica y divertida que encontró en el cine un gran film, entre otras cosas, porque tuvo el protagonista Dick Van Dicke, estrella mayor.

Asunto bien británico, Ian Flemig se retiró a vivir en Jamaica, lejos del frío. Allí puede verse su casa “Goldeneye”, nada que ver con “Goldfinger” sino con la adaptación inglesa a una deidad de la isla. Allí inventó un hipódromo para burros, escribió y vivió por períodos con la señora revoltosa que quería a su manera. A la manera de los dos. Así fue el creador de Bond, James Bond. Si ha visto muchos en el cine, en mi caso apenas un libro que olvidé en el subte, cada uno puede elegir su Bond. Si me dejan, sello con una réplica de diálogo cuando digo a la actriz y modelo Maud Adams: “Ah, señora Evans, discúlpeme usted. No la había reconocido así: vestida”.

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