Los barrancos olvidados de Telde: El barranco de la Esquila

Los barrancos olvidados de Telde: El barranco de la Esquila

Los barrancos olvidados de Telde

El barranco de la Esquila

Tras acercarnos a los barrancos de Ojos de Garza y el barranquillo de las Arenas, toca detenernos en el barranco de la Esquila. Así se reconoce en el mapa topográfico actualizado del IDE Canarias (Infraestructura de Datos Espaciales de Canarias) el pequeño barranquillo que desemboca en la playa de Aguadulce.

Para mí fue siempre el barranquillo de Aguadulce, por lógica toponímica, y así lo plasmé durante el estudio y posterior publicación del “Sendero ecológico por los arenales de Tufia”.

Corría el año 1987 y estaba reciente la demolición de las casas y chabolas ilegales que ocupaban la playa, los riscos de ambos lados y parte del barranquillo. Era tan ilegal esta urbanización como lo eran y siguen siéndolo decenas de ellas que salpican el litoral costero de Gran Canaria, pero a la vista de los hechos no todas han corrido la misma suerte.

Treinta y cinco años después, pateo de nuevo este espacio con intención de escrutar hasta su último rincón, observar los cambios producidos en el mismo.

Para ello comienzo en su nacimiento, que yace sepultado bajo una carretera que, perpendicular a la autovía, cierra por el sur la zona industrial de El Goro. Al final de la misma, una barranquera generada por las ocasionales lluvias tiene su paso a través de un túnel existente bajo la autovía. Salvada así la GC-1, una tubería cilíndrica de amplio diámetro recoge las mismas para liberarlas en una especie de valle que es actualmente la cabecera de este corto barranquillo, pues no tiene entidad para considerarlo como barranco.

A ambos lados del cauce se asentaron tierras cultivadas en el pasado, pero hace treinta y cinco años, en mis primeros periplos por este litoral, ya no quedaba cultivo alguno en la zona. Era, no obstante, un paisaje donde se mantenían vestigios de las canalizaciones para el riego, aún estaban bien definidos los surcos que habían dado vida a los cultivos y me llamaba la atención la presencia de algunas cucañas. En aquel entonces había más alcaravanes por la zona, más calandros y más pájaros moros. Ahora, que estoy recorriendo de nuevo este espacio, la transformación en gran parte de estos terrenos es enorme. Bajo la autovía, los restos, desvencijados, derruidos de varias construcciones asociadas al almacenaje, cuartos de maquinaria, aljibe y cuarterías hablan por sí solos del grado de abandono que sufre el lugar. Estos edificios en ruina son un peligro en sí, pues sin techo y con las paredes a medio derruir el riesgo existente es notable, pero se da por hecho que nadie pasa por aquí y no es así, pues durante mis recientes paseos para realizar el presente artículo, jóvenes y pescadores transitaban por este barranquillo, procedentes de La Jardinera o de la urbanización industrial de El Goro.

La ladera izquierda del barranquillo ha visto sepultadas sus tierras de labor por toneladas de tierra y enormes piedras hasta conseguir un nuevo perfil, una explanada sobre la que se asienta una empresa dedicada a materiales de construcción y a depósito de vehículos nuevos. Me detengo para observar el profundo cambio, la tremenda e impactante visión de un territorio transformado. Guardo silencio y escucho, sin desearlo, el sempiterno y molesto ruido de los centenares de vehículos que circulan sin cesar por la autovía y me pregunto si algún día, en esta isla cuyo tráfico está vertebrado alrededor de las grandes autovías costeras, un transporte público, eficiente, económico, silencioso y no contaminante transportará a la mayoría de los canarios, que ahora viajan solos en su coche particular, a sus centros de trabajo a primera hora de la mañana y de regreso a sus hogares al finalizar la jornada.

La ladera de este aberrante talud, se desploma sobre el exiguo cauce, en gran parte sepultado, convertida ahora en una enorme ladera inestable donde las plantas encuentran serias dificultades para colonizarla y el impacto visual que supone esta ausencia vegetal desde la autovía, es brutal. A este impacto irreversible se une el vertido que, sobre los campos abandonados que conforman la ladera derecha del barranquillo, han llevado durante décadas, camiones cargados de tierra, de piedras y escombros de construcción, depositándolos en pequeños y grandes montículos, sin orden ni concierto alguno, sin preocuparse de cómo queda el terreno pues la vigilancia era y es nula y la permisividad absoluta. Hay leyes que protegen el suelo rústico, aunque se encuentre sin cultivar -las hemos citado en artículos anteriores-, hay leyes que protegen el paisaje primigenio, hay leyes que obligan a los propietarios a conservar los perfiles de estos suelos e imposibilita convertirlos en escombreras –ya lo denunciamos en otros artículos, concretamente el publicado el 21 de febrero de este año titulado: “Guerra abierta contra el paisaje”-, pero no se aplican. A pesar de las denuncias existentes, nunca se restaura un paisaje. Resultado: un espectáculo lamentable.

En lo que queda de cauce, la flora autóctona ha perdido la batalla y es la especie botánica invasora, rabo de gato, quien lo ocupa. Calentones y ricinos completan el rosario de flora introducida. Algunos espinos de mar, secos la mayoría, son restos testigos supervivientes de tiempos mejores.

Sólo se salva de estos impactos ambientales la franja de barranco que se encuentra bajo la carretera que desde la rotonda de la zona industrial de El Goro se dirige al núcleo urbano de Tufia. Y se salva de esta impunidad manifiesta, donde al abandono o connivencia de la propiedad se une la falta de vigilancia y de rigor en aplicar las leyes existentes referentes a la protección del suelo rústico por parte de las autoridades responsables, porque esta zona del barranquillo está dentro de un espacio natural reconocido como Sitio de Interés Científico de Tufia. Es esta figura legislativa quien protege el último tramo del barranquillo. Es esta figura y nada más, aunque no aparezca señalizado visualmente en lugar alguno del barranquillo el amparo de tal protección.

Los barrancos olvidados de Telde: El barranco de la Esquila

Cruzamos pues esta pista y el paisaje del barranco cambia radicalmente. El sustrato se vuelve arenoso y en el cauce destacan decenas de ejemplares bien desarrollados de Schyzogine sericea, el salado blanco. Es bajo ellos donde se observa mayor presencia de vida animal, excrementos de diversas especies de vertebrados que no logro identificar. Unos, creo, identifico como pertenecientes a erizo moruno, otros son de lagarto. También prosperan en la ladera derecha los salados blancos. Es posible que sea esta la zona donde se concentren las aguas de las ocasionales lluvias. Me baso para confirmarlo en los vestigios de un charcón, una pequeña laguna de duración efímera, donde las plantas herbáceas se han desarrollado hasta ocupar su superficie. Paralelo a este espacio discurre la pista asfaltada que va hasta Tufia, delimitada por bolardos de madera que imposibilitan el aparcamiento a lo largo de ella e impiden abandonarla y acceder con el vehículo -coche o moto-, de un modo ilegal, al espacio protegido que atraviesa.

A nuestra izquierda, los terrenos de cultivo abandonados aparecen tapizados de cosco, una planta rastrera que en el pasado se utilizó para elaborar jabón y sus semillas, en momentos de extrema necesidad, para hacer gofio. Más allá del cosco, ninguna planta se observa en estos espacios, tan agotado está el suelo. Atraviesa estos terrenos baldíos una pista de tierra muy frecuentada por ciclistas. Es una de tantas sendas alternativas para ciclistas como respuesta al abandono institucional. A través del barranco de Silva y procedente de Las Palmas -combinando terrenos abandonados, suelos agrícolas sin uso, arcenes, fondos de barranco, aceras… pasan por aquí varias pistas que siguen por la costa, cruzando los arenales de Tufia y Ojos de Garza,o bien discurren entre invernaderos, dejando a su izquierda el espacio protegido y dispersándose después a otros municipios del este grancanario. Esta ruta es fruto de la improvisación de múltiples usuarios de bicicletas, consecuencia lamentable de la desidia de las autoridades insulares en dotar a esta franja del naciente de una ruta cicloturista que permita el tránsito a tantos ciclistas como hay. Es triste pero el imperio del coche manda a nivel insular y el Cabildo hace oídos sordos a las propuestas alternativas y menos contaminantes. Hay proyecto, hay cientos de ciudadanos que se manifestaron a su favor, pero no hay carril ciclo-senderista que una los municipios más poblados de la isla: Telde y Las Palmas de Gran Canaria.

Volviendo al cauce, fuera de la influencia de los salados blancos, se identifican ejemplares aislados de chaparro. Pocos son, apenas media docena, pero dan esperanza a la continuidad de la especie más allá del espacio arenoso bien definido que se sitúa entre la playa de Ojos de Garza y la península de Tufia. Encontramos bastantes ejemplares de turmeros -helianthemum canariense- sobre el arenal de este barranquillo. La nevadilla en esta zona es la planta dominante. Aunque su porte es achaparrado y pequeño su tamaño, su presencia genera un paisaje de dunas liliputienses, una imagen curiosa y bella que fija el sustrato dunar.

Más abajo, en dirección a la playa, las mayores dunas son fijadas por aulagas y saladillos. Las juncias se unen a las aulagas en la tarea de fijación de las dunas móviles. Una lucha continua, la arena va cubriendo la planta y la planta prosperando sobre el sustrato móvil. Nuevos tallos, nuevos brotes verdes, la planta sobrevive y la duna va cogiendo altura. Fijándose bien, a las nevadillas se le unen las camelleras a la hora de pincelar de color el paisaje arenoso.

Según nos aproximamos a la costa, a nuestra izquierda el sustrato arenoso desaparece dejando al descubierto la arenisca. Formas caprichosas, pequeños solapones, diminutos túneles en la arena calcárea enriquecen el paisaje, un paisaje exento de vegetación pues el sustrato sedimentario no lo permite. Sólo aisladas, emergiendo de pequeños montículos de arena, las nevadillas inician la colonización de la arenisca.

Si observamos a nuestra derecha, notamos la falta de arena. Es la causa directa de un paisaje transformado. A la agresión que supuso en primer lugar la construcción de tanta vivienda ilegal por todo este espacio, se unió las labores de derribo y retirada de escombros. Han pasado muchos años, pero la huella del paisaje alterado sigue ahí. Aún es pronto para la completa recuperación del lugar.

Mientras las arenas, en esta primera franja de ladera, no se estabilicen como sería deseable, la arenisca y el caliche hacen acto de presencia, ocupando amplios sectores de la misma y en esos lugares la erosión galopa y las plantas no prosperan. No hay chaparros en esta zona, pretenden la colonización algunas aulagas, atrevidas nevadillas y se observa en zonas con alguna arena, aisladas lechugas de mar. Los bisbitas camineros hacen acto de presencia antes o después. Siempre presentes en estos arenales son, sin lugar a dudas, la alegría alada más habitual.

Me encuentro ahora sobre la playa. La imagen de Aguadulce recuerda una concha marina. Una concha marina donde una valva la forma el océano que besa mansamente las arenas doradas y otra valva, la superior, un cielo limpio que la torna inmortal y de una belleza extrema. La charnela es la franja de arenisca situada a nuestra espalda y los pequeños muros de callaos que en ella se encuentran. Su forma de vieira me recuerda que hoy es día de Santiago Apóstol, un veinticinco de julio muy especial, pues es Año Santo. Mientras ustedes están leyendo este artículo, mis pasos me habrán llevado a Tunte o a Gáldar, para celebrarlo con sus gentes. Ambos lugares me traen recuerdos muy vívidos y emocionalmente intensos. Hermanamientos de pueblos y comunidades, encuentros jacobeos de ciudades unidas por caminos santos. Recetas ancestrales realizadas con el mismo producto básico, el pulpo en un año santo en Tunte. La plaza de Santiago envuelta en los aromas inconfundibles de un extraordinario polbo a feira -tradúzcase como pulpo a la gallega-, realizado por pulpeiras llegadas de Galicia y las exquisitas esencias de una ropa vieja de pulpo, plato típico de nuestra tierra canaria. Bajo el hechizo de la música tradicional canaria y gallega, regada por vinos de ambas tierras: albariños y malvasías, los asistentes recuerdan un Santiago Apóstol tirajanero inolvidable.

Pero volvamos a nuestro barranco y nuestra recoleta playa. A la izquierda de la misma, justo donde la arena calcárea se mezcla con los callaos, un mástil mantiene un harapo de color rojo. En eso ha quedado la bandera que ondeaba alertando de que esta playa no dispone de vigilancia, en un triste trapo, fruto de la desidia y el abandono pues no ha sido repuesta en muchos años, en una playa donde debería cuidarse la señalética de banderas pues no tiene servicio de socorrismo.

Destacan en la playa tres goros, realizados con piedras y callaos presentes en el lugar. Su finalidad es proteger del viento y la arena a sus usuarios. Elevo la vista a mi izquierda y observo el lugar donde algún día se asentó un poblado aborigen. Se encuentra en lo alto del acantilado, frente al poblado de Tufia. Con dificultad y mucha imaginación se identifican los restos de lo que pudo ser una vivienda, pero es tal la mezcolanza de piedras sorribadas en su día, unidas a las procedentes del despedrado de los terrenos colindantes con el objeto de preparar la zona para su cultivo, que se sabe de este yacimiento más por los registros arqueológicos que por el estado de sus restos. Un poco más abajo de este poblado, descendiendo en dirección a la playa, destaca un horno de cal semiderruido, un vestigio más de nuestro pasado industrial condenado a la desaparición y al ostracismo.

Me siento sobre un solapón de arenisca que se eleva frente a la playa. Es el único que permite mitigar el fuerte solajero, pues bajo el podemos disfrutar de una pequeña sombra. A mis pies se levanta un goro bien conservado que cierra un espacio que, por su forma y acondicionamiento, tiene todas las pintas de ser utilizado no sólo como solarium, sino también como recinto preparado para ocasionales acampadas. Observo las areniscas donde se encuentra el solapón y leo: HUGO, Love, LKS, Vaial, ANA, Te quiero…No son los únicos nombres ni las únicas referencias a la pasión amorosa. Observo igualmente diversos dibujos: unos que semejan los pies grabados por los aborígenes en la montaña de Tindaya, otros representan triángulos en varias posiciones, algún cuadrado, más allá una espiral… ¡Ay! ¡Qué mala costumbre tiene el ser humano en dejar su huella allá por donde pasa!

Mi fijo un poco más en otras presencias, en otras huellas que no son precisamente humanas y observo una gran cantidad de fósiles de color blanquecino, de caracoles de diversas especies, incorporados a la arenisca. De pronto un leve movimiento entre las pequeñas grietas y resquicios que el viento ha formado en el solapón. -¡Un lagarto! -verbalizo, asombrado. Se esconde con rapidez, pero allí están las huellas de su rabo en movimiento, esas líneas sinuosas que delatan su presencia, pero que el viento borrará con prontitud.

Muy cerca, a mis pies, sobre un montículo imperceptible de arena, prospera una pequeña aulaga. Es de este año, germinada tras las últimas lluvias, y el intenso color verde que presenta me sorprende entre tanta tonalidad ocre del resto de plantas que hay a su alrededor. Estamos a mediados de julio y la pérdida de hojas y el cambio de color de los tallos preparándose para el calor sofocante y la sequía de un largo verano es manifiesta. Y a pesar de ello, aquí se encuentra ella, espléndida, verdadero milagro de la vida. Pienso que me gustaría descender de este solapón, acercarme a ella e ir, con extremo cuidado, retirando la arena que hay a su alrededor hasta descubrir la última de sus raíces, pues es imposible entre tanta aridez que haya una gota de agua capaz de provocar tanto esplendor. Desecho tal pensamiento por irracional y aberrante, y cavilo en razones más lógicas para tanto verdor. Pienso que, tal vez, el verde lujuriante de la pequeña aulaga tenga mucho que ver con la ralentada, -¡qué triste es que un término tan bello tenga que buscar su significado en un Diccionario canario pues la Real Academia Española no lo contempla! En fin…-, esa humedad procedente del mar que durante la noche recorre estos arenales sedientos.

Echo la cabeza atrás y observo el cielo. Respiro hondo las esencias del mar y de la arena. Sobrevolando, varias gaviotas se mecen en el aire. Silencio. Devuelvo la vista a la tierra para disfrutar de otra mirada sosegada de la playa. A la izquierda de la misma, en la franja húmeda definida por la subida y bajada de las olas, infinitas estrellas reverberan bajo el ardiente sol. Se trata de un efecto óptico, pero es muy bello. La playa es sólo la arena recibiendo al mar y es el mar enamorando la arena hasta llevársela a su seno bajo la promesa de unas nupcias imposibles. Justo detrás, en el pequeño cantil que cierra la playa, antes de iniciarse la subida hacia la península de Tufia y su poblado aborigen, estratos de ceniza al pie del mismo hablan de los aborígenes y el uso del fuego en esta zona. No es una elucubración es un hecho cierto, constatado por arqueólogos que han analizado aquí, justo al pie de la marea, diversas estratificaciones de cenizas para saber algo más de su dieta, de las especies marinas que capturaban o recogían, de retazos de su vida diaria. Ahí mismo, junto a estos vestigios arqueológicos, se observan los restos de un conchero.

Magia desprende el lugar, un sueño recuperado. ¡Bendito el momento de eliminar las infraviviendas y recuperar el espacio y el aire! Es esta una playa solitaria que gusta de personas tiernas, románticas, amantes de la paz y de la vida, pero no podemos negar que hay muchas otras incapaces de leer esta partitura de respeto y tolerancia, de armonía y disfrute. Por eso observamos alguna que otra lata de cerveza o refresco abandonada por las arenas, por eso las marcas en la arenisca con nombres que nada transmiten, por eso las rodaduras de coches y motos en la zona, aunque esté el tránsito rodado totalmente prohibido, por eso las mascarillas abandonadas sin recato alguno.

De este tercer artículo dedicado a los pequeños barrancos extraigo algunas conclusiones que deberían tenerse en cuenta por parte de los responsables de la vigilancia y mantenimiento de nuestros espacios naturales.

1.- Es urgente delimitar con bolardos de madera los límites del Sitio de Interés Científico de Tufia que engloba la zona baja del barranco de la Esquila -la que delimita la carretera de acceso a Tufia y el océano-, incluyendo los restos del poblado aborigen y los restos del horno de cal.

2.- Aunque da un poco de confianza saber que, con muy buen criterio, este barranquillo está en buena parte protegido dentro de la cartografía de Sitio de Interés Científico de Tufia, es urgente visibilizarlo con carteles verticales, pues tal protección es desconocida por la mayor parte de la población.

3.- Provoca al menos una reflexión el abandono absoluto de otro horno de cal, a media ladera, en la desembocadura del barranco. Al igual que los que tratamos en el barranco de Ojos de Garza -horno de El Goro-, deberían contar con un mínimo estudio y proyecto para su conservación.

4.- Es más deplorable el absoluto abandono en que se encuentran los restos del poblado aborigen que sobre esta misma ladera -ladera izquierda-, justo iniciándose el acantilado, yacen esparcidos, olvidados y condenados a la desaparición. ¡Qué tristeza la falta de control sobre vestigios que deberían ser estudiados, investigados y conservados! Si hace cuarenta años nos quejábamos del abandono generalizado de los yacimientos arqueológicos presentes en nuestro municipio, la queja ahora se extiende a la desidia institucional de ponerlos en valor -es sangrante el estado en que se encuentra el yacimiento arqueológico de Morro Calasio que cuenta con la cavidad artificial más grande del archipiélago y una veintena de cuevas y esta semana en este mismo medio se ha denunciado su situación pues se encuentra en el más absoluto abandono-, de convertirlos en un referente cultural de Telde, de presentarlos al mundo como una fortaleza identitaria de primera magnitud pero, … a veces dudo, -¡y muchas son las veces!-, de que existan políticos en el municipio, insulares y autonómicos capaces de dignificar con sus acciones la importancia y trascendencia de nuestro pasado.

José Manuel Espiño Meilán es miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, de que es actualmente presidente honorífico, socio y activista. Divulgador y defensor de la vida a través de la docencia, ecología, senderismo, escritura, compromiso y paciencia.

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