Una aventura en la NFL, de la memoria de Osvaldo Castro

CIUDAD DE MÉXICO, 17 de mayo.-Osvaldo se miraba frente al espejo y decía que ése no era él. Traía puesto un casco y demás indumentaria que utilizan los jugadores de futbol americano. El chileno se había retirado del futbol soccer después de jugar aquella semifinal de la campaña 83-84 en la que sus Pumas perdieron en penales ante las Chivas de Alberto Guerra. Pata Bendita se retiraba después de marcar el tercer penal universitario, uno antes de que Manolo Negrete fallara el definitivo.

Unos meses más tarde, el ex mundialista sería localizado por los buscadores de los Carneros de Los Ángeles. Los hombres de la NFL sabían de la potencia de su pierna zurda y querían transformarlo en futuro pateador del equipo. La oportunidad de entrenar al lado del veloz Eric Dickerson, del mariscal Jeff Kemp y el veterano Vince Ferragamo. ¿El pateador oficial?, era Mike Lansford, de aquellos que le pegaban al ovoide con el pie descalzo y quien sumaba dos temporadas de nueve que tendría con el equipo de la Liga Nacional. El coach era John Robinson y los Rams jugaban en el Anaheim Stadium. Eran tiempos de los Zendejas, Septién y Allegre en el emparrillado.

Ése del espejo era un hombre distinto.

Por más que pretendiera acostumbrarme al casco y otras cosas, me miraba e insistía que yo era jugador de futbol. De hecho, no fue la primera vez, ya que al año de llegar al América me vinieron a buscar para jugar con los Vaqueros de Dallas.

¿Usted sabía jugar ese deporte?

No, pero era mi pasatiempo después de los entrenamientos con América. Pateaba el ovoide una y otra vez como mera distracción. Pienso que alguien corrió la voz y me fueron a buscar.

Imagino que no aceptó.

Una aventura en la NFL, de la memoria de Osvaldo Castro

Les dije que difícilmente me dejarían ir del América, pero les recomendé a un delantero que jugaba en la reserva. A él sí se lo llevaron a prueba.

¿Y qué pasó con aquel joven?

Le fue muy bien, figúrate que era Rafael Septién.

La recomendación le cambió la vida a Septién.

Si yo hubiera aceptado, quizá Septién hubiera sido conocido como delantero americanista y yo como pateador de los Vaqueros.

¿De dónde sacó usted esa potencia en la zurda?

Yo vengo de la ciudad minera de Copiapó, ahí pintábamos la portería en una pared y pateábamos el balón tan fuerte como se pudiera. Tenía unos 13 años y jugaba con muchachos de cuatro o cinco años mayores que yo. Un día uno de ellos me dijo que tenía una pata bendita y así se me quedó el apodo.

Al final de su carrera, tras su retiro con Pumas, se asoman otra vez agentes de la NFL e insisten en ponerle casco.

Me retiré en 84 y un año después vino gente de los Carneros de Los Ángeles. Me invitaron a probarme como pateador de goles. Duré unos 20 días entrenando en Anaheim y les agradó cómo pateaba el balón. No me quedé porque el coach (John Robinson) quería que trabajara con la fuerza filial.

¿Soñaba con ser jugador marca NFL?

Fui a ver qué pasaba. Experimentar la diferencia entre patear el esférico y un balón extraño. Encontré el ovoide más pesado, pero los goles de campo que conseguí en las pruebas convencieron al entrenador.

¿De cuántas yardas estamos hablando?

Los de 10, 20 y 30 fueron muy fáciles. De 40 metí siete, de 45 seis y de 48 fueron cuatro. De 52 conecté tres y el más largo lo hice de 53 yardas.

Por algo le dicen Pata Bendita.

Tenía la potencia, sólo era cosa de practicar los goles. Así que cuando me invitaron duré dos meses pateando balones de futbol americano en el Tec de Monterrey Estado de México. Creo que a los Carneros del causé una grata impresión.

Como también impresión le habrán causado los enormes y pesados jugadores.

Todos medían más de 90 metros de altura (risas) y no menos de 140 kilos de peso. Yo mido 1.70 y pesaba sesentaytantos kilos. Aún así era muy rápido y pateaba el balón antes de que los defensivos intentaran bloquearlo. Eran dos pasos para atrás, uno a la derecha y listo.

¿Pasó la prueba?

El jefe de pateadores dio luz verde yme invitaron a quedarme. Pero preferí regresarme a mi escuela de futbol.

Usted lo que quería era ser el pateador estrella.

Había pasado la prueba, me había puesto el uniforme y el casco. Me sentía extraño, pero no me interesaba quedarme en un equipo secundario. Yo quería jugar de inmediato.

¿Le llegaron a dar un número?

Todavía no. Entrenábamos con ropa de prácticas.

¿Tuvo problemas con el idioma?

Había jugadores que hablaban español y yo estudié un poco el inglés. A los del otro lado les costaba trabajo pronunciar mi nombre, me decían ‘Owaldo’.

Imagino que el entrenamiento era muy distinto al que hizo en América y Pumas.

Me metían al gimnasio a hacer mucho peso. Todos entrenaban calladitos y con mucha disciplina. Eso me gustó.

Cuando regresó, ¿no se lo quisieron llevar los del Tec?

Noo. Regresé a lo mío, aunque ya como entrenador de menores.

¿De qué número calza?

Del número cuatro.

¿No es un pie pequeño?

No importa el tamaño, lo que vale es la potencia.

Y mucha

En Chile llegué a romper la red de un balonazo. Fue en Viña del Mar, un tiro libre de 32 metros de distancia que rompió la red exactamente en medio de la portería. El árbitro marcó saque de meta pensando que la pelota había pasado por arriba. Cuando checaron la repetición en la TV, se vio cómo el esférico rompía la malla.

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